Si bien una vida tranquila no era lo que tenía planeado Ignacio para su futuro, en el momento que analizó su existencia actual, se dio cuenta que había caído en una monotonía sofocante. La rutina diaria lo hostigó y deseo terminarla a como de lugar, considerando viajes utópicos o suicidios cobardes. Después de mucha meditación y darse cuenta que un suicidio solo llevaría, a la desafortunada persona que lo encuentre, a limpiar un desastre bastante difícil de desaparecer (nunca encontró un buen producto para limpiar sangre); que un viaje a Madagascar probablemente no seria bueno para lidiar con su intento de tener agorafobia (la cual era justificación para el simple hecho de que le daba flojera salir de su casa); y que internet-dating no era lo suyo (el título “Agorafóbico Suicida” no atraía a mucha gente), concluyó que su rutina le gustaba tal y como era y que no la cambiaría por nada.
Se despertó a las 6:30 am, como siempre, y tomó su café con un pan con jamón y queso, como siempre. Se duchó en 15 minutos y cambió en 10, como siempre. Bajó, saludó al perro, agarró el saco y abrió la puerta principal, como siempre. Dio el primer paso fuera del umbral de su casa y sacó un cigarrillo de su bolsillo derecho. Sacó el encendedor del bolsillo izquierdo y activó el mecanismo para formar una llama sobre su mano. Como siempre. Acercó el cigarro a la llama y aspiró para prenderlo, pero la llama se apagó. Esto no es como siempre. Encendió de nuevo el encendedor y acercó el cigarrillo a la llamarada, una vez más. Misma historia. Antes de poder aspirar, se apagaba el fuego.
Frustrado, agitó el encendedor y trató una vez más, pero algo lo distrajo. El papel periódico del vecino pasó volando frente a él, a unos 60cm sobre el suelo, seguido por el del vecino del vecino, que estaba siendo seguido por un mar de periódicos voladores. Bajó la mirada y el suyo ya se encontraba a 5 casas de distancia. Pediré que me traigan otro.
Agitó el encendedor una vez más y trató de nuevo. Nada. La frustración convirtiéndose en molestia e ira, dio media vuelta y entro a la casa (dicha vuelta dada en el momento preciso para evitar ver un par de cajas y dos tasas pasar volando por su casa). Fue corriendo a la cocina a buscar fósforos y por fin logró encenderlo dentro de la casa. Salió de la cocina hacia la sala y el ruido de un vidrio al romperse hizo que se agache inconscientemente tratando de protegerse. De cuclillas dio una vuelta tratando de ver que había pasado, y al considerarse fuera de peligro, se paró y fue hacia el cuarto de huéspedes, de donde suponía había venido el ruido. En efecto, la ventana estaba hecha pedazos y en el piso había un objeto plateado. Se agachó y vio que eran las llaves del carro de alguien. ¿Por qué alguien tiraría esto? Decidió llamar al vidriero al día siguiente y guardó las llaves en la despensa por si alguien las reclamaba, lo cual era de esperarse. Bueno, volvamos a la monotonía, se dijo antes de dar el segundo paso esa mañana fuera de su casa.
Ni bien había sacado la cabeza algo lo golpeó y sintió como se clavaban unos objetos puntiagudos contra su piel. Dando un grito de dolor se agachó y levantó la mirada, solo para encontrar los ojos de un chihuahua desesperado por ser agarrado en pleno vuelo, alejándose de su casa y amo, ladrando sin consuelo. Ok, hay algo raro acá. Se volvió a la izquierda, mirando el resto de la calle y sintió que todo el desayuno deseaba ver el exterior una vez más.
Al final de la calle, o al final del cruce, o al final de la avenida principal, o de repente al final del distrito, un tubo gris se elevaba del suelo hacia el cielo, formando una sombra sobre la ciudad, oscureciendo la vida de todas las personas, y ensombreciendo las ideas de las mismas. El aire se alejaba, regresaba, corría, agitaba y golpeaba contra todas las cosas, amenazando con llevarse todo o no dejar nada parado. Ignacio alzó la mirada y cuando pudo concatenar pensamientos una vez más, solo dijo Ah, mierda, y entró a la casa de nuevo.
