NUEVA FORMA DE EXPRESION. CUENTOS. HISTORIAS. NOT A DIARY.

Wednesday, July 15, 2009

Con Un Nudo Negro De Bordes Difuminados

Mientras caminaba por las atestadas calles en la hora punta del tráfico peatonal, trataba de concentrarse con todas sus fuerzas en el sonido de su respiración. Le ahogaban las multitudes grandes y era un suplicio tener que rosarse con tanta gente que Dios sabe si se habían duchado, lavado o perfumado en el último mes. “Inhala, exhala, inhala, exhala”. Pensaba en que trabajar hoy día iba a ser aburrido, estaba cansado del mismo trabajo de escritorio monótono en que la vida futura de sus clientes dependía de un simple sello de Aprobado o Negado en un formulario, pero no podía negar que el sentimiento de poder sobre los demás lo intoxicaba. "Cansado de intoxicarme", pensó irónicamente. "Eso es algo que nunca pensé que diría", concluyó, recordando ligeras adicciones que mantuvo en algún momento de su juventud.
De pronto un señor con ojos cansados, una barba rala, de saco y pantalón plomo con manchas marrones, que obviamente no tenía a donde ir y caminaba por inercia como el resto de los cuerpos que conformaban la corriente de personas, se estrelló contra él, llenándolo del inconfundible aroma de un cuerpo que ha estado seco por más de dos semanas, una boca que no conoce pasta de dientes y ese olor característico de la ropa sin lavar que comienza a desarrollar una fauna grisácea.
Sin tener tiempo para prepararse emocionalmente, las intoxicaciones del pasado se esfumaron, la idea de un posible día aburrido desapareció y solo quedaron las nauseas. No sabía bien en que momento, pero definitivamente se había dado un cambio entre el joven de mente abierta que una vez llenó sus zapatos al adulto asquiento, meticuloso, maniático y pulcro que ahora luchaba por contener el desayuno dentro, respirar y buscar donde apoyarse al mismo tiempo. Otro cambio importante que se dio con la edad fue la disminución de la capacidad para autocontrolarse.
Con el sonido de un caño abierto, su pan con jamón, queso y aceitunas, el jugo de papaya con piña y un ligero toque de limón para el gusto y las dos empanadas de carne con cebolla se precipitaron a la acera para el disgusto de los demás transeúntes, que con una mirada rápida de asco se alejaron en vez de proponer alguna ayuda al pobre señor que se ahogaba en su vómito. En teoría, el destino había sido injusto con él y, por esas cosas de la vida, se suponía que su existencia acabaría en el charco amarillo-verdoso que el mismo estaba creando. Lamentamente, hasta el mismo destino comete errores.
El estrépito fue innecesariamente fuerte, y la onda expansiva tumbó a todas las personas que no se encontraban apoyadas en algún lugar. El vómito cesó tan rápido como empezó debido al susto, pero fueron los gritos los que evitaron que regrese con mayor fuerza. Si bien no había sido derribado, sentía la cabeza aturdida y le zumbaban los oídos, pero trataba de enfocar la vista a través de todo el polvo levantado. Luego de unos segundos en que la adrenalina tenía a su corazón a mil por hora y a sus músculos tensos en caso del menor signo de agresión contra su integridad física, pudo formar una imagen a través del caos que, luego de años y al acordarse de dicho incidente, preferiría poder olvidar.
El gris omnipresente en todos los edificios estaba interrumpido por incontables cuartos de colores, cuyas paredes habían desaparecido dejando al aire libre la privacidad de sus ocupantes, mostrando los roperos, cuadros y camas, que no habían volado con el resto de la construcción. El llanto de un bebe comenzaba a crecer en potencia, mientras que un grito agudo proveniente del tercer o cuarto piso del edificio cercenado atrajo la mirada de las personas que todavía podían ver. En un cuarto rosado con minúsculos cuadros de algún artista desconocido hasta el momento y dos roperos grandes cuyos contenidos volaban por el aire, una joven se cogía con todas sus fuerzas del piso, cuya continuidad había sido quebrada y la había dejado colgando a unos veinticinco metros sobre el suelo. Si el concreto no había podido aguantar tremendo estallido, la carne no tenía ninguna esperanza y la chica, con solo tres miembros todavía intactos, luchaba por mantener el agarre con un solo brazo. La sangre, que al dejar el cuerpo solo puede traer inconvenientes, había mojado gran parte de su cuerpo y, al momento de ayudar a su dueña a mantenerse con vida, tomó el papel de lubricante, favoreciendo una caída más rápida.
Todavía con la adrenalina fluyendo por todo su cuerpo, listo para defenderse o correr, no pudo controlar a su subconsciente y de un salto se dirigió al punto donde supuso caería la joven. Otro cambio que se había dado con la edad era el aguante de sus músculos. Sintió una punzada en la pierna izquierda, que se convirtió en un nudo negro de bordes difuminados que le gritaba a su mente que se detuviese, pero la mancha que se precipitaba a toda velocidad hacia el suelo se veía en mayor necesidad que una simple pierna. Con un último esfuerzo estiró su cuerpo todo lo que pudo, cada fibra de su existencia en un afán de llegar a tiempo, de evitar más tragedia, pero, en el momento en que llegó al lugar donde caería la joven, fue dolor lo que sintió y un líquido tibio salpicó su cara.

Monday, February 9, 2009

6:30 am

Si bien una vida tranquila no era lo que tenía planeado Ignacio para su futuro, en el momento que analizó su existencia actual, se dio cuenta que había caído en una monotonía sofocante. La rutina diaria lo hostigó y deseo terminarla a como de lugar, considerando viajes utópicos o suicidios cobardes. Después de mucha meditación y darse cuenta que un suicidio solo llevaría, a la desafortunada persona que lo encuentre, a limpiar un desastre bastante difícil de desaparecer (nunca encontró un buen producto para limpiar sangre); que un viaje a Madagascar probablemente no seria bueno para lidiar con su intento de tener agorafobia (la cual era justificación para el simple hecho de que le daba flojera salir de su casa); y que internet-dating no era lo suyo (el título “Agorafóbico Suicida” no  atraía a mucha gente), concluyó que su rutina le gustaba tal y como era y que no la cambiaría por nada.

Se despertó a las 6:30 am, como siempre, y tomó su café con un pan con jamón y queso, como siempre. Se duchó en 15 minutos y cambió en 10, como siempre. Bajó, saludó al perro, agarró el saco y abrió la puerta principal, como siempre. Dio el primer paso fuera del umbral de su casa y sacó un cigarrillo de su bolsillo derecho. Sacó el encendedor del bolsillo izquierdo y activó el mecanismo para formar una llama sobre su mano. Como siempre. Acercó el cigarro a la llama y aspiró para prenderlo, pero la llama se apagó. Esto no es como siempre. Encendió de nuevo el encendedor y acercó el cigarrillo a la llamarada, una vez más. Misma historia. Antes de poder aspirar, se apagaba el fuego.

Frustrado, agitó el encendedor y trató una vez más, pero algo lo distrajo. El papel periódico del vecino pasó volando frente a él, a unos 60cm sobre el suelo, seguido por el del vecino del vecino, que estaba siendo seguido por un mar de periódicos voladores. Bajó la mirada y el suyo ya se encontraba a 5 casas de distancia. Pediré que me traigan otro.

Agitó el encendedor una vez más y trató de nuevo. Nada. La frustración convirtiéndose en molestia e ira, dio media vuelta y entro a la casa (dicha vuelta dada en el momento preciso para evitar ver un par de cajas y dos tasas pasar volando por su casa). Fue corriendo a la cocina a buscar fósforos y por fin logró encenderlo dentro de la casa. Salió de la cocina hacia la sala y el ruido de un vidrio al romperse hizo que se agache inconscientemente tratando de protegerse. De cuclillas dio una vuelta tratando de ver que había pasado, y al considerarse fuera de peligro, se paró y fue hacia el cuarto de huéspedes, de donde suponía había venido el ruido. En efecto, la ventana estaba hecha pedazos y en el piso había un objeto plateado. Se agachó y vio que eran las llaves del carro de alguien. ¿Por qué alguien tiraría esto? Decidió llamar al vidriero al día siguiente y guardó las llaves en la despensa por si alguien las reclamaba, lo cual era de esperarse. Bueno, volvamos a la monotonía, se dijo antes de dar el segundo paso esa mañana fuera de su casa.

Ni bien había sacado la cabeza algo lo golpeó y sintió como se clavaban unos objetos puntiagudos contra su piel. Dando un grito de dolor se agachó y levantó la mirada, solo para encontrar los ojos de un chihuahua desesperado por ser agarrado en pleno vuelo, alejándose de su casa y amo, ladrando sin consuelo. Ok, hay algo raro acá. Se volvió a la izquierda, mirando el resto de la calle y sintió que todo el desayuno deseaba ver el exterior una vez más.

Al final de la calle, o al final del cruce, o al final de la avenida principal, o de repente al final del distrito, un tubo gris se elevaba del suelo hacia el cielo, formando una sombra sobre la ciudad, oscureciendo la vida de todas las personas, y ensombreciendo las ideas de las mismas. El aire se alejaba, regresaba, corría, agitaba y golpeaba contra todas las cosas, amenazando con llevarse todo o no dejar nada parado. Ignacio alzó la mirada y cuando pudo concatenar pensamientos una vez más, solo dijo Ah, mierda, y entró a la casa de nuevo.