Me levanté totalmente adormecido. Estaba pegado a la cama por el sudor. A mis ojos les costaba acostumbrarse a la luz, mis manos no parecían querer hacerme caso. Traté de pararme. Mis rodillas no podían con el peso. Me caí. Tuve que arrastrarme hasta el baño. Cuando llegué usé un banquito para bebés que mi madre nunca me dejó botar como apoyo y por fin logré pararme. Vi a un hombre, aproximadamente de 20 años, con los ojos enrojecidos y un esbozo de barba que no había sido afeitada en días, mirándome fijamente a través de esa maldita ventana que solo puede mostrarte tu verdadera apariencia. Empujé el espejo; rebotó y abrió, dejando libre la entrada al gabinete oculto. Al entrar la luz, pude apreciar el espacio más preciado y privado de toda la casa, donde se podía resumir toda mi existencia, donde había guardado todos mis secretos y propiedades más personales. Metí la mano buscando mi medicina. Hábilmente esquivé la caja con recuerdos del colegio, las fotos de enamoradas, de fiestas de promoción, de quinceañeros, fotos con mis mejores amigos, quienes desaparecieron al enterarse de mi condición. Todos desaparecieron. Por fin mis dedos tocaron ese envase de vidrio en el que cada noche tenia que guardar cinco gotas de ese precioso liquido. Si ponía mas, me podían descubrir. Si, todavía vivo con mis padres. Agarré la botellita, la acerqué a mis labios, tomé un sorbo y, al instante, todos mis problemas desaparecieron. Caminé hacia la cama donde el charco de sudor todavía estaba caliente. Dejé que me empape y me sumergí en un sueño profundo al instante.
Cuando desperté había vuelto a oscurecer. Podía oír voces desde el primer piso. Repetí la ceremonia para tomar otro trago del elixir maravilloso. Cuando terminé, decidí bajar. La flojera se apoderó de mí. Vivía en un tercer piso, y bajar significaba treinta y cuatro escalones, todos expuestos al frio de una ciudad nublada en los meses de noviembre; era insoportable. Cuando por fin decidí bajar, noté un cambio en el ambiente. Las voces eran ahora gritos, seguidos por el ruido característico de vajilla rompiéndose. Mi mente se decidió antes que yo. Cuando me di cuenta ya estaba a la mitad de las escaleras. El frio entumeció mis pies desnudos, volviéndolos torpes y lentos. Al llegar a los últimos cinco escalones, mis pies se vencieron y tropezaron, haciéndome caer de bruces contra un piso de mármol. Me levanté de un salto y corrí a la puerta de la cocina. Al llegar me di cuenta que los gritos estaban ahora acompañados por un sollozo, casi imperceptible, pero desconcertante. Abrí la puerta de un golpe y corrí, pasando la mesa de la cocina, el refrigerador, y el horno casi de un salto. Sin detenerme a pensar, abrí la puerta que daba al comedor. Lo primero que vi fue a mi padre, de pie, en una esquina del cuarto, mirando fijamente a un bulto acurrucado al otro extremo de la habitación. Mi mirada se dirigió al bulto, y reconocí a mi madre escondida, asustada, llorando, con un vaso en la mano que parecía apunto de estallar. Les tomó a los dos varios segundos darse cuenta que su único hijo había entrado.
Primero mi padre, cuando me vio, corrió hacia mi madre y la escondió detrás de él. Mi madre, asustada por la rápida reacción de mi padre, concentró el susto en el vaso, que se reventó en su mano, rompiendo el silencio causado por mi llegada. Mi padre agarró un cuchillo que estaba en el cajón más cercano y lo blandió hacia mí. Esta actitud me sorprendió. Traté de hablarle, pero parecía no entenderme. Retrocedí varios pasos, tropezándome con más vidrios rotos. Sentí como la sangre calentaba mis pies, haciendo lo mismo para los pedazos de vasos, platos y fuentes que en algún momento fueron cómplices de risas y alegrías. Continué con el intento de comunicación con esa persona parada frente a mí. Nada, ni una muestra de que me reconociera. Entonces caminé hacia las escaleras; el segundo piso. Más vidrios rotos. Me tropecé. El dolor me impedía tener un control completo de mis pies, y la sangre ayudaba al reducir la fricción entre el suelo y mi piel. Cuando llegué a último escalón noté que muchas cosas habían cambiado desde que fui confinado al cuarto en el tercer piso. Las paredes ya no eran de ese verde limón que yo había pedido, y ya no había computadora, ni televisión, ni cuadros con las fotos vergonzosas pero tiernas de todas mis aventuras en la vida. Al parecer ese espacio donde había pasado horas de diversión se había convertido en un cuarto vacío, con las paredes descascarándose y un olor a lejía que estaba impregnado en todos lados.
Fui donde solía estar mi cuarto. Me volví a encontrar con ese vacio que destrozada todos los recuerdos de mi niñez. Me quedé parado varios minutos, mientras mi cerebro procesaba el parquet levantado, el papel mural traído abajo y la lámpara descolgada a treinta centímetros de mi cabeza. Entonces, el ruido de unos pasos me distrajo y me hizo volver a la realidad. Corrí a la puerta y la cerré. Me dirigí al baño y empujé el espejo. Miré a la puerta, esperando que sea traída abajo por la fuerza bruta de mi padre, pero nada. Volví al espejo, que no se había movido, no había dejado a la luz ningún espacio secreto y preciado. Estaba en el segundo piso. Tocaron la puerta. Era mi padre, quería que saliera, quería que conversáramos sobre mis problemas. ¿Qué problemas? Yo estaba bien. Tenía todo lo que quería. Excepto la botellita que estaba en el tercer piso, pasando mi cama, mi sillón, el ropero, entrando al baño, detrás del espejo, a la izquierda de la caja con fotos. Entonces sentí algo caliente dentro de mí. Corrí a la puerta y la abrí de golpe. Mi padre, sorprendido por mi súbita reacción, no tuvo tiempo de hacer nada. Tomé el cuchillo de su mano derecha y lo tiré por la ventana. Empujé a mi padre que, tropezándose con el sillón, aterrizo de cabeza en el piso desnudo, que solía estar cubierto por una alfombra color azabache. Todavía dominado por la necesidad, bajé corriendo las escaleras, ya sin preocuparme del dolor en mis pies, de cómo mi madre temblaba al verme acercar a su esquina, o de cómo tuve que esquivar el vaso que lanzó hacia mí. Entré a la cocina.
Los sollozos habían vuelto, esta vez sin la compañía de los gritos. Abrí la puerta de la cocina y subí las escaleras congeladas. Los pies me quemaron al momento de entrar en contacto con la fría loseta, pero la necesidad todavía tenia poder sobre mí. Luego de treinta y cuatro escalones, llegué a mi cuarto, en el que había pasado los últimos cuatro años, solo, bajando sólo para comer, sin tener contacto con otras personas. Abrí la puerta. Pero, en ese momento, mi mente volvió a tomar control. ¿Iba a caer de nuevo en lo mismo? La necesidad se abría paso, tratando de controlarme de nuevo, pero mi mente pudo más. Decidí que ya no, que era hora de parar. Fui al baño a lavarme la cara. Empujé el espejo automáticamente, esquivé todos los recuerdos yendo directamente a la botella. La abrí.
Trate de controlarme pero era inútil. Tome un trago, dos, tres, cuatro. Sabía que haciendo esto todo iba a ser peor, pero no podía parar. Cinco, seis, siete. Vi a mi padre y a mi madre corriendo haciendo mí desde la puerta del cuarto, pero no llegaban nunca. Ocho, nueve, diez. Todo se oscureció de repente, pero no podía parar. ¿Cómo iba a parar? Esto era lo mejor de la vida. Once, doce, trece. Estaba siendo cargado. Trataron de quitarme la botella, pero la estaba mordiendo fuertemente. Catorce, quince. Traté de seguir tomando pero estaba vacía. Solté la botella y traté de soltarme de mis agresores. Nada pasó.
Quería decirles que estaba bien, pero nada salía de mi boca. Todo seguía oscuro. Entonces, ya cansado de tanto luchar, decidí descansar un rato. Era lo que necesitaba, lo que había necesitado toda mi vida. Si, descansar. Habían pasado muchas cosas, mejor descansar para olvidar. Cerré mis ojos. Todo seguía oscuro. Todo continuó oscuro.
NUEVA FORMA DE EXPRESION. CUENTOS. HISTORIAS. NOT A DIARY.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

1 comment:
man ta mare m estoy volviendo adicto a tus historias, hoy van una, dos, tres, cuatro, cinco historia man
t felicito,
un abrazo
OSCAR
Post a Comment