Quinto día. Continúo viendo el reloj que con ironía deja pasar segundo tras segundo, sin importarle mi familia ni su paradero. La chica toma asiento a mi costado y busca en su cartera por un objeto desconocido. Saca un espejo y contempla su reflejo. Pasa sus manos por su larga cabellera y comienza a despeinarse, correrse el maquillaje y desacomodarse la ropa. Voltea hacia mí y decide que estoy bien. Cuando parece estar satisfecha con su trabajo, me mira otra vez y dice que tengo que desmayarme. Me mira y suelta una carcajada ante la sorpresa que demuestro y aclara que la única forma que me traten decentemente es parecer inofensivo, por lo que tengo que desmayarme. En ese momento el ascensor nos advierte con una campanada que llegamos al primer piso. Me susurra al oído que me quede tranquilo y no abra los ojos, se para y da un golpe contra la puerta, gritando de dolor.
El abrir de las puertas viene acompañado de los pasos de la chica que salen corriendo del ascensor, y su cese brusco al ser apresada por los que parecen ser seguridad. La chica grita e indica que me encuentro dentro, dando alaridos de desesperación. Los de seguridad caminan hacia mí, dando pasos amplios y grandes, seguramente con botas que resuenan al estrellarse contra el suelo. En el fondo se escucha el jadeo de la chica, acompañando a mi corazón, que parece estar del lado de mis futuros captores, latiendo fuertemente como para delatar mi consciencia.
De lejos, unos pasos agiles corriendo hacia nuestra pequeña reunión, dando ordenes a personajes desconocidos. Al acercarse, pidiendo permiso a gritos, disminuye la velocidad y detiene a mi costado. Puedo sentir los ojos críticos del doctor analizando cada parte de mi ser en búsqueda de algún signo que delate nuestra puesta en escena. No parece encontrarlos y ordena que me lleven al cuarto cinco, para atarme a una camilla por segunda vez en menos de 48 horas. Me levantan dos figuras sin forma y cargan fuera del elevador por un pasadizo en donde retumban los pasos y reina un silencio sepulcral. Se abre una puerta y me echan en una camilla. El doctor se dirige a una persona desconocida y pregunta que paso. La chica que en teoría me esta ayudando, relata una pelea y discusión que nunca aconteció, terminando en un golpe bajo injusto y el colapso de mi cabeza contra el suelo dejándome inconsciente.
Silencio mientras se analizan los hechos y buscan errores en una historia que se basa en mentiras. La chica da unos pasos hacia la camilla y se derrumba en llanto. Comienza a golpear mi cuerpo inconsciente mientras agrega que la trate de violar, aprovechándome de cómo se sentía por haberme rescatado. El doctor se acerca y le da un abrazo, al cual ella responde con un rodillazo en los testículos y me grita que corra. Me levanto de un salto y corro con toda mi fuerza contra un guardia de seguridad, que sin tener tiempo a reaccionar, toma el golpe con una estupidez única y cae de espaldas al suelo. La chica empuja al otro contra un carrito con implementos médicos, y se tropieza, dejándonos el paso libre para salir. Corremos por el pasadizo hasta llegar a la puerta, dejando atrás a la clínica de blanco penetrante y a los gritos del doctor ordenando nuestra detención.
Afuera el aire es frio y húmedo, recordándome que estamos en Lima, donde el clima parece ponerse de acuerdo para enfermarte. Sin ningún titubeo el aire se cuela debajo de la bata del hospital, y mi cuerpo reacciona cual recién nacido con criptorquidia. Necesito ropa. Corriendo por el estacionamiento, la chica da un giro brusco a la derecha, y en mi intento de seguirla me resbalo y caigo. Necesito zapatillas. Mis pies están fríos, hecho que parece amplificar las inclemencias del terreno hecho para el transito de carros y no de pies descalzos. Corremos unos metros y la chica se detiene frente a un carro plateado, en el cual se ha dejado de lado todo lujo, y cuyo único fin se ha reducido al transporte de personas. Abre la puerta del conductor con una agilidad sorprendente y se estira dentro del carro para levantar el pestillo que impide mi entrada al automóvil. Entro y me siento de golpe, sintiendo un resorte tratan de penetrar la parte inferior y más íntima de mi persona, lo cual me hace dar un salto. Me acomodo mientras la chica prende el carro y pisa el acelerador hasta donde le permite el pedal. Comenzamos a aumentar la velocidad y dejamos atrás la clínica blanca con sus ventanas pulcras, camas cómodas, enfermeras amorosas, doctores inteligentes. Aceleramos y dejamos atrás el último recinto seguro que conoceré.
NUEVA FORMA DE EXPRESION. CUENTOS. HISTORIAS. NOT A DIARY.
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